Laura Raquel Ramírez Rodríguez

jueves, 10 de enero de 2013

Casidas de amor profano y místico


Casidas de amor profano y místico de Cantarino nos señala más a la mujer. En sus poemas, la menciona como lo más hermoso. Apareciendo en diversos lugares naturales y contemplándola con los momentos más románticos como la luna. En ocasiones, utiliza palabras propias del lenguaje arábigo. Su escenario más común es el desierto donde narra algún encuentro con una mujer o al menos espera encontrarla.

XXIX

Cuánto amo aquellas ramas
que se inclinan amorosas,
tuercen sobre las mejillas sus rizos,
dejan caer las trenzas de su pelo,
tan suaves en sus curvas, en sus miembros,
arrastrando insinuantes las colas,
vestidas con las túnicas de su sola belleza,
tan castamente avaras de sus gracias,
tan pródigas de sus bienes nativos y apropiados,
graciosas con sus bocas tan rientes,
y con sus labios dulces para el beso,
suaves en su desnudo,
con pechos turgentes,
generosas de gracias,
cautivando con magia y maravilla
al que escucha sus palabras delicadas.
Con rubor cubriendo sus encantos
esclavizan al corazón más temeroso y reverente.
Lucen dientes de perlas
cuya saliva fortalece al débil y sana al quebrantado,
arrojan dardos de sus ojos
contra el corazón avezado a las luchas,
alzan desde sus pechos unas lunas
cuya plenitud no conoce el menguante,
crean nubes de lágrimas
y hacen oír el trueno del lamento.

¡Compañeros! Más que a mi vida amo a una joven esbelta
que me ha colmado de beneficios y regalos.
Se hizo armonía de unión, es mi Armonía,
siempre árabe y extranjera, absorbe al místico.
Cuando mira amorosa, ataca con afilada espada
y sus labios hacen ver el rayo que deslumbra.
¡Compañeros! Deteneos en los confines del vedado de Hájir.
¡Compañeros, deteneos, deteneos!

Que pregunte adónde fueron sus camellos,
porque estoy sin remedio perdido en lugares de peligro y destrucción,
por caminos conocidos y por otros extraños, con un camello
quejoso de pezuñas heridas por los desiertos y campiñas,
con los flancos ya hundidos. Las marchas forzadas
le han quitado la fuerza y la grasa.
Hasta que me detuve con él en los arenales de Hájir
y en Uthail encontré camellos rezagados.
Una luna de venerable aspecto los guiaba,
que yo por temor de que huyera escondí en mi pecho.
Una luna que se mostró durante el periplo sagrado,
aunque yo sólo iba a su alrededor mientras ella me rodeaba,
ocultando con la orla de su túnica las huellas,
dejándonos así desorientados aunque fuéramos rastreadores.

   
Cantarino, V. (1997). Casidas de amor místico. IBN Arabi. Casidas de amor profano y místico. México: Editorial Porrúa. Págs. 161,162.

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