Casidas de amor profano y místico de
Cantarino nos señala más a la mujer. En sus poemas, la menciona como lo más
hermoso. Apareciendo en diversos lugares naturales y contemplándola con los
momentos más románticos como la luna. En ocasiones, utiliza palabras propias
del lenguaje arábigo. Su escenario más común es el desierto donde narra algún
encuentro con una mujer o al menos espera encontrarla.
XXIX
Cuánto amo aquellas ramas
que se inclinan amorosas,
tuercen sobre las mejillas sus
rizos,
dejan caer las trenzas de su pelo,
tan suaves en sus curvas, en sus
miembros,
arrastrando insinuantes las
colas,
vestidas con las túnicas de su
sola belleza,
tan castamente avaras de sus
gracias,
tan pródigas de sus bienes
nativos y apropiados,
graciosas con sus bocas tan
rientes,
y con sus labios dulces para el
beso,
suaves en su desnudo,
con pechos turgentes,
generosas de gracias,
cautivando con magia y maravilla
al que escucha sus palabras
delicadas.
Con rubor cubriendo sus encantos
esclavizan al corazón más
temeroso y reverente.
Lucen dientes de perlas
cuya saliva fortalece al débil y
sana al quebrantado,
arrojan dardos de sus ojos
contra el corazón avezado a las
luchas,
alzan desde sus pechos unas lunas
cuya plenitud no conoce el
menguante,
crean nubes de lágrimas
y hacen oír el trueno del
lamento.
¡Compañeros! Más que a mi vida
amo a una joven esbelta
que me ha colmado de beneficios y
regalos.
Se hizo armonía de unión, es mi
Armonía,
siempre árabe y extranjera,
absorbe al místico.
Cuando mira amorosa, ataca con
afilada espada
y sus labios hacen ver el rayo
que deslumbra.
¡Compañeros! Deteneos en los
confines del vedado de Hájir.
¡Compañeros, deteneos, deteneos!
¡Compañeros, deteneos, deteneos!
Que pregunte adónde fueron sus
camellos,
porque estoy sin remedio perdido
en lugares de peligro y destrucción,
por caminos conocidos y por otros
extraños, con un camello
quejoso de pezuñas heridas por
los desiertos y campiñas,
con los flancos ya hundidos. Las
marchas forzadas
le han quitado la fuerza y la
grasa.
Hasta que me detuve con él en los
arenales de Hájir
y en Uthail encontré camellos
rezagados.
Una luna de venerable aspecto los
guiaba,
que yo por temor de que huyera
escondí en mi pecho.
Una luna que se mostró durante el
periplo sagrado,
aunque yo sólo iba a su alrededor
mientras ella me rodeaba,
ocultando con la orla de su
túnica las huellas,
dejándonos así desorientados
aunque fuéramos rastreadores.
Cantarino, V. (1997). Casidas de
amor místico. IBN Arabi. Casidas de amor
profano y místico. México: Editorial Porrúa. Págs. 161,162.
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